Olga Molina

Cuando el resto de niñas jugaban a muñecas, a cocinitas, o a la pelota, yo me pasaba horas dibujando. No me podía despegar del papel.

Estudié restauración de pintura, donde aprendí técnicas pictóricas y me familiaricé con el estilo de los pintores clásicos. Ya una vez con las manos en la masa, experimenté en mi propia carne la gran variedad de dolencias cervicales de los restauradores de pinturas murales en el techo.

Posteriormente continué pintando de manera informal. Por gusto y por necesidad vital. Trabajé mucho la técnica acrílica: paisajes con horizontes marcados, retratos de personajes que me llamaban la atención…

En 2013, intuyendo la llegada de la peor crisis de mi vida (la de los 40), que quise adelantarme a ella y hacer lo que realmente me apetecía: convertir mi afición en mi trabajo. Cursé un postgrado de Ilustración Creativa en Barcelona, compaginándolo con mi jornada completa de administrativa.

Y así, cual Clark Kent en la oficina y Superman en la ardua tarea de hacer los deberes hasta altas horas de la madrugada, conseguí sacarme el postgrado.

Mi estilo ha llegado al experimentar con una técnica contraria a lo que había estado haciendo hasta ese momento: del acrílico contenido pasé a la acuarela desmelenada, sin la preocupación por las perspectivas y las proporciones. Un dibujo más fresco y espontáneo, menos realista pero con más personalidad. De repente, volví a sentirme como la niña que se sentaba en la mesa con unos colores y se olvidaba del mundo.



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Olga Molina


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